MOTIVOS DE DISCUSIÓN EN VACACIONES Y POSIBLES SOLUCIONES

No se trata de un mito más: “Los que nos dedicamos a estos temas sabemos que, en cuanto llega septiembre, el número de demandas de separación y de divorcio aumenta considerablemente. De hecho, se puede decir que en esta época ‘nos preparamos’ para el incremento de parejas que visitan los despachos durante este mes con la intención de iniciar los trámites necesarios para dar por finalizada su relación”, explica el abogado Miguel Ángel Jaimez, especializado en temas de familia, de Granada.

La cuestión es ¿por qué las ansiadas vacaciones, que en principio suponen la posibilidad de disfrutar de más tiempo en compañía de la pareja, libres de todo estrés laboral y preocupaciones cotidianas, se traduce en una ruptura?

La psicóloga María Jesús Álava Reyes, autora, entre otros, del libro Emociones que hieren, señala que esta situación se debe en gran medida a las expectativas poco realistas con las que muchas parejas se enfrentan al descanso estival: “Se suelen plantear demasiados objetivos, planes y actividades a realizar, como si el tiempo fuese infinito. A esto hay que unir el enfoque diferente de la afectividad: un miembro de la pareja (generalmente las mujeres) puede necesitar determinadas manifestaciones afectivas, y el otro (habitualmente los hombres), confunde afectividad con sexualidad. A veces, por sorpresa, se constatan conductas que pasan inadvertidas en la vorágine de la vida familiar. Pero, por encima de todo, hay un hecho determinante: es muy difícil la convivencia las 24 horas del día, algo a lo que la mayoría de las parejas no está acostumbrada durante el resto del año”.

Los cuatro “culpables”

Según los expertos en el tema, son cuatro los principales motivos que precipitan la decisión de poner fin a una relación tras las vacaciones estivales:

1. Infidelidad

Aunque las estadísticas subrayan que la causa principal del divorcio en España es la infidelidad del varón 18,6 %, lo cierto es que la mujer también empieza a “ganar terreno” en este campo. Respecto a este tema, se pueden dar dos circunstancias: que uno de los miembros de la pareja sea infiel precisamente en la época estival (el “Síndrome del Rodríguez”) o que, debido al mayor tiempo que se pasa con la pareja, salga a la luz o se descubra una infidelidad cometida.

Qué se puede hacer al respecto. Muchos expertos coinciden en afirmar que en un elevado número de casos la infidelidad suele ser consecuencia de un problema mucho más profundo entre la pareja y una falta de comunicación. “Con una adecuada orientación (mediador familiar, psicólogo) muchas parejas consiguen perdonar y desdramatizar el suceso, y volver a confiar en el otro. En estos casos, resulta especialmente importante determinar el motivo por el que se ha buscado una relación paralela para tratar de establecer alternativas de cambio si es posible. En todos los casos, resulta de especial ayuda el apoyo de un psicólogo, sobre todo en aquellas parejas en las que uno de los miembros no puede integrar ni entender el suceso en su vida cotidiana, atribuyéndole significados ocultos a la infidelidad lo que, si no se actúa a tiempo, puede convertir la relación en un auténtico infierno”, señala la psicóloga Laura García Agustín, directora del Centro de Psicología Clavesalud, de Madrid.

2. La familia política

“Suele ser un tema que con frecuencia sale a relucir cuando la pareja acude a nuestros despachos después del verano –comenta el abogado Miguel Ángel Jaimez-. “Aunque lo ideal es pactar de antemano con la pareja lo adecuado o no de que compartir las vacaciones con la familia política, en ocasiones esta decisión nos viene impuesta, lo que puede suponer un coste emocional muy alto”, explica Laura García Agustín.

Qué se puede hacer al respecto. A no ser que la situación se derive de un hecho grave o esté muy deteriorada previamente, lo mejor que puede hacer una pareja para evitar que la actitud de las respectivas familias mine su relación es intentar una comunicación eficaz. “Hay que expresarle al otro de forma franca y abierta pero positiva cómo nos sentimos y de qué modo nos afecta el hecho de que la familia política interfiera en la vida cotidiana, intentando en la medida de lo posible evitar adjetivos del tipo ‘insoportable’, ‘terrible’, etc”, recomienda la psicóloga.

3. El síndrome postvacacional

El síndrome postvacacional puede afectar al estado de ánimo, haciendo que a la vuelta de las vacaciones se produzca un replanteamiento del esquema vital y se decida arreglar o romper con aquellos aspectos que no funcionan, entre ellos, la relación de pareja. Expertos de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (SEMFYC) explican que este síndrome conlleva síntomas físicos y psíquicos, como tristeza o irritabilidad, que pueden inducir a tomar decisiones equivocadas.

Qué se puede hacer al respecto. Es aconsejable esperar al menos un mes después de la vuelta para empezar a plantearnos grandes cambios, ya que necesitamos estar lúcidos de mente para afrontar la decisión con seguridad y nunca con dudas. Para superar esta situación, los expertos de la SEMFYC recomiendan tener una actitud positiva para ir adaptándose poco a poco al cambio de vida después de las vacaciones y evitar la ansiedad que genera el volver a la rutina y a los problemas cotidianos del trabajo y la familia

4. Otros motivos

El desgaste de la relación, las dificultades de comunicación entre los cónyuges, el cambio de estilo de vida y de valores de uno de los miembros de la pareja; falta de amor; abusos verbales; problemas en el ámbito sexual… Todas estas circunstancias, a menudo solapadas por la inmediatez de las necesidades y las rutinas diarias, pueden hacerse mucho más evidentes durante las vacaciones

Qué se puede hacer al respecto. “Conviene tener en cuenta que el desgaste en una relación no se produce de la noche a la mañana; es un proceso de duración variable, en algunas ocasiones bastante largo, que puede sustentarse en la pérdida progresiva de interés por el otro o en la monotonía de la relación. Llegado el caso, interesa revisar la relación y tratar de establecer si aún es posible encontrar puntos en común, o ser honestos y determinar si algún día existieron”, recomienda Laura García Agustín

¿Seguimos juntos…

Todas las parejas atraviesan crisis y baches. Sin embargo, no todos estos “desencuentros” tienen por qué acabar en divorcio, por mucho que el verano haya crispado la situación. Según los expertos, el hecho de realizar algunos cambios en la trayectoria matrimonial puede hacer que una relación a la deriva vuelva a ser placentera, feliz e incluso romántica. Para ello, aconsejan poner en práctica dos estrategias:

–Recordar por qué nos enamoramos en su díade nuestra pareja. Resulta muy clarificador identificar el sentimiento que sustentó la relación y reconocer aquellas circunstancias que han hecho que la llama se haya apagado: expectativas no realistas, promesas incumplidas, pequeños incidentes que poco a poco han ido minando la confianza… Reconocerlo es dar el primer paso para restaurar la relación.

–Revisar el compromiso y volver a comprometerse. El compromiso es importante porque sin él suele buscarse la forma de huir cuando surgen los problemas. Está demostrado que el hecho de sentirse de verdad comprometido en un proyecto común y a largo plazo hace más factible decidirse a encontrar soluciones en vez de tirarlo todo por la borda.

O nos separamos?

La decisión de poner fin a la convivencia a menudo no es fácil y puede resultar incluso más tormentosa que la vida en pareja. “Así como la decisión de casarse o de vivir en pareja acostumbra a ser un acuerdo unitario de las personas que van a iniciar esa íntima relación, la decisión de separarse rara vez ocurre por mutuo consenso, en especial en la familia con hijos. Habitualmente hay un miembro de la pareja que quiere dejar la relación con una mayor pasión o vehemencia que el otro. Las experiencia diaria nos demuestra que la iniciativa o, como mínimo, la decisión final, corre a cargo mayoritariamente de las féminas. Parece ser que las mujeres deciden terminar el matrimonio en las tres cuartas partes de los casos, mientras que cerca de la mitad de los maridos se oponen enérgicamente a esta decisión. Por otro lado, un tercio de las mujeres están en total desacuerdo con la separación, incluidas las que ven en esta medida la solución a sus problemas matrimoniales”, explica el doctor Paulino Castells, especialista en psiquiatría, en su libro Separarse civilizadamente. El experto ofrece además una serie de pautas para afrontar los primeros momentos de una separación: procurar que no haya enfrentamientos hostiles delante de los hijos; no monopolizar a los hijos en contra del otro progenitor; limitar a lo estrictamente necesario la intervención de familiares y amigos; mantener cubiertas las necesidades hogareñas básicas, e informar de manera objetiva a los niños de los motivos de la separación.

RESOLVER LAS CRISIS DE PAREJA DESPUES DE VACACIONES

Consejos para solucionar el estrés postvacacional


Lo más importante es planificar la vuelta al trabajo con tiempo para adaptarse a la nueva situación y tener una visión global de todas las acciones que se van a llevar a cabo para programarlas a lo largo del día en función del nivel de energía y humor que se tenga.

Además, es recomendable adaptar rápidamente las actividades extralaborales a la rutina típica del periodo laboral y hacer ejercicio físico para mantenerse activo. Por otra parte, hay que adaptar los horarios a los habituales y tomarse con calma la vuelta a la rutina evitando, en la medida de lo posible, el estrés en el trabajo.

Asimismo, el especialista ha resaltado la importancia de adoptar este síndrome como una señal para tratar de solucionar el estrés laboral y no el postvacacional.

Por otra parte, el problema tarda en desaparecer el tiempo que emplea el organismo en volver a habituarse a la rutina, es decir, entre 3 días y 3 semanas y no es necesario en la mayoría de los casos terapia profesional. Pero, si se tarda más de este tiempo, el doctor ha recomendado buscar ayuda profesional.

CONFLICTOS DE PAREJA AL FINALIZAR LAS VACACIONES

El ‘síndrome postvacacional‘ es el resultado de un estrés laboral previo a las vacaciones, siendo más vulnerables aquellas personas que tienen problemas en su trabajo, según ha informado el psicólogo y miembro de Top Doctors, Miguel Casas.

Este síndrome no es una patología, sino un “trastorno adaptativo” en el que la persona que lo sufre tiene una sintomatología clínica a un estresor específico, la vuelta al trabajo, ya que viene de un periodo de descanso y no se ve capaz de responder al alto número de demandas que supone “el regreso”, ha explicado el doctor.

Esta sensación de dificultad que se tiene al volver al trabajo lo sufren más las mujeres que los hombres, con síntomas como ansiedad, un bajo estado de ánimo, decaimiento, falta de energía, sensación de hastío y percepción de no ser capaz de adaptarse de nuevo al entorno laboral.

Cuanto mayor sea la distancia entre el placer de las vacaciones y el estrés en la actividad laboral, mayor será la posibilidad de padecer “estrés postvacacional“, ha explicado Casas.

“Las personas más proclives a padecer depresión postvacacional son las que tienen problemas en su trabajo, ya sea porque no les guste, porque tengan malos horarios, porque hayan padecido algún tipo de ‘mobbing laboral‘ o porque estén afrontando problemas de despidos, algo muy habitual hoy en día con “la crisis”, ha señalado el doctor.

Por ello, ha proseguido, estos síntomas reflejan un estrés laboral oculto, por lo que es necesario evaluar los factores que provocan esta situación y adoptar decisiones para poder prevenirlo en otra ocasión.

SEXO, SALUD Y CALIDAD DE VIDA

¿El sexo da más sentido a la vida? Esta pregunta fue la que empujó a varios investigadores a realizar un pionero estudio y a aportar algo novedoso en este terreno. El sexo genera un sinfín de beneficios. Se sabe que ayuda a mantenernos en forma física y a quemar calorías, nos refuerza nuestro sistema inmune por el baile hormonal que se despierta y nos ayuda también a mejorar la memoria. No está mal. Sin embargo, parece que todavía queda terreno por explorar: cómo repercute en nuestro bienestar emocional e, incluso, en nuestra percepción sobre el sentido de la vida. Para ello, Todd Kashdan, de la Universidad George Mason, junto a otros investigadores, quiso resolver esta duda y realizó un estudio que se ha publicado en la revista Emotions este año. Su conclusión es la siguiente: el sexo, el estado de ánimo positivo y la percepción de sentido de la vida están relacionados, incluso al día siguiente de haberlo practicado (aunque depende del tipo de relación sexual).

Tener sexo mejora el sentido de la vida (pero no todo tipo de sexo, según las investigaciones) El sentido de la vida existe y no tiene nada que ver con la charlatanería
El estudio se basa en un diario que llevaron 152 voluntarios sobre su actividad sexual y su nivel de satisfacción durante 21 días. Se buscó a los participantes entre estudiantes universitarios de 18 a 20 años de edad. El 76% eran mujeres y el 64% estaban comprometidos en una relación.

El diario consistía en una encuesta que rellenaban antes de dormir. Debían puntuar la sensación de plenitud del día en una escala del 1 al 7. Después, valoraban si tenían un estado de ánimo positivo o negativo. Y, por último, cuál había sido su actividad sexual ese día y el grado de placer y de intimidad alcanzado. Pues bien, con todos estos datos llegaron a varias conclusiones.

Tener sexo mejora el sentido de la vida (pero no todo tipo de sexo, según las investigaciones) El sentido de la vida existe y no tiene nada que ver con la charlatanería.
Cuando una persona aseguraba haber tenido sexo, ese día su estado de ánimo era más positivo e, incluso, afirmaba encontrar un mayor sentido a su vida. Los investigadores quisieron saber si iba primero el huevo o la gallina, es decir, el sexo o la sensación de plenitud, por lo que estudiaron los datos con un desfase temporal. Y aquí se confirmó una clara intuición: cuando la persona afirmaba que había tenido sexo, su estado de ánimo positivo y su sensación de satisfacción con la vida mejoraba incluso al día siguiente. Sin embargo, cuando medían la relación a la inversa, veían que la sensación de plenitud no correlacionaba necesariamente con el hecho de tener sexo; es decir, por muy contento que se esté ese día, no significa que vaya a tener una relación íntima (por razones que todos nos podemos imaginar).

Otra conclusión curiosa fue si esa plenitud era mayor cuando el sexo se practicaba dentro de una relación romántica. Y aquí es donde apareció la sorpresa. El sexo que más actuaba en el estado de ánimo era el que más placer e intimidad generaba, y no necesariamente el que se enmarcara en una relación romántica. Así pues, la calidad del sexo influye aunque estemos en una relación amorosa o tengamos encuentros esporádicos.

Tener sexo mejora el sentido de la vida (pero no todo tipo de sexo, según las investigaciones) Así cambia su cuerpo cuando deja de practicar sexo
Este estudio es un primer paso para correlacionar el bienestar personal con la calidad del sexo que tenemos. Como reconocen los propios autores, falta mucho por avanzar. Se han de incluir nuevas variables y ampliar el rango de edad o de tendencias sexuales, pero parece que una relación íntima satisfactoria nos ayuda a estar de mejor humor. Ahora bien, y esta es una interpretación personal, el sentido de la vida como camino de crecimiento personal o como lo proponía Viktor Frankl, muy probablemente dependa de variables mucho más sólidas, que no se esfumen al cabo de dos días. No obstante, la percepción que tengamos muy probablemente se vea difuminada por nuestro estado de ánimo y por tanto, de lo satisfechos que nos sintamos con nosotros mismos o con las personas que estamos. De ahí que el buen sexo nos ayude a ello.

¿POR QUÉ ESTOY SIEMPRE CANSADO?

La cultura del cansancio: por qué estamos todos agotados y no podemos evitarlo

Ahora que llegan las vacaciones, es momento de recargar pilas. El resto del año somos supervivientes de día y zombies de noche, sobrellevando como podemos nuestras vidas.


Descansa”. He comenzado a anotar en una lista mental cada vez que alguien –amigo, compañero, familiar– se despide con este verbo imperativo.“Descansa”. Yo tengo mi propia alternativa, un tanto más hedonista: “Pásalo bien”. O “disfruta”. Incluso “cuidate”. No me había dado cuenta hasta hace poco, pero es una toma de posición inconsciente, como una forma de recordarme a mí y a los demás que en la vida hay algo más que el trabajo. Sin embargo, entiendo que hay algo en ese “descansa” que suena cercano, cariñoso, empático, como un guiño confidente entre el que lo pronuncia y el que lo escucha. La clase de intimidad que genera saber que ambos –tú y yo– estáis cansados. Porque esa es la realidad: todos estamos agotados. Y además, cansados de estar siempre agotados.

Al final de cada día, millones de cuerpos son arrojados al sofá de casa, a reponerse de la fatiga con la serie de turno, el partido del día, la cabezadita de las 10 de la noche. Una nación de zombies anestesiados por la noche, meros supervivientes durante el día, intentando no ahogarnos, como náufragos en mitad del mar de la multitarea. Y, quizá, soñando con unas vacaciones. Hemos llegado al punto en el que deseamos que llegue el fin de semana para, por fin, no hacer nada. Triste paradoja, en cuanto que es el momento en el que, pudiendo dedicar nuestro tiempo a lo que nos gusta, decidimos hibernar ante la llegada de una nueva oleada de estrés.


Nos damos cuenta continuamente de que todo el mundo es más guapo, más inteligente y más divertido que nosotros. O, por lo menos, lo parece.


Pero ¿de dónde proviene esa fatiga perenne, que ni siquiera desaparece descansando? Podría aducirse que se debe al estrés cotidiano, a la gran cantidad de actividades que empaquetamos en nuestra agenda, tanto laborales como expansivas. Sin embargo, todos conocemos a gente que se pasa el día haciendo cosas y no se cansa, mientras que nosotros estamos fatigados antes de salir de la cama. Suelen pertenecer a otras generaciones, e identificamos su energía con una mezcla de abnegación y fuerza sobrenatural (“estaban hechos de otra pasta”). Pero ¿y si precisamente estamos cansados por haber emprendido un viaje infinito hacia el El Doradoinalcanzable de la conciliación? ¿No será esa autoconciencia lo que nos hace tan duro enfrentarnos a ser nosotros mismos un día más?

Es posible que haya en la raíz de este agobio algo más profundo que lo meramente físico, que siempre está íntimamente relacionado con lo psicológico y lo emocional. Quizá de lo que estemos cansados es de la gran cantidad de estímulos a los que nos vemos obligados a reaccionar, de las opiniones que tenemos que formarnos tras cada polémica, del móvil que nunca deja de vibrar en nuestro bolsillo. En otras palabras, me deja mucho más para el arrastre hacer un ‘scroll’ por todo mi ‘timeline’ de Twitter, por las nuevas publicaciones de Facebook o por la portada de El Confidencial que salir a dar un paseo de dos horas. No digamos Instagram, donde todo el mundo es más listo, más guapo y más interesante que yo.

Es la versión del siglo XXI de la náusea de Sartre, con menos existencialismo y más memes. Si aquella sensación surgía ante el descubrimiento de la futilidad de la vida, su nueva versión emerge al compararnos con los demás. ¡Nuestra vida es inútil y sin sentido pero la de los demás es de puta madre! ¡Mira qué cenita con vinito se está metiendo entre pecho y espalda! ¡Mira qué piso más chulo! ¡Mira qué reportajazo se acaba de currar! Así que corremos para estar siempre parados. La centralidad del trabajo probablemente tenga mucho que ver con ello: o te dejas la piel trabajando hasta no poder más, o sientes la culpa por no haberlo hecho. No se puede ganar. Pero como decía el protagonista sartriano Antoine Roquentin, “cuando uno vive, no sucede nada”. El hecho de que ocurran cosas continuamente quizá es el signo más claro de que nunca pasa nada.

Pagar para sentirte bien (y sentirte peor)

El otro día, Barnes & Nobles reconocía que se había producido un ‘boom’ editorial de los libros de autoayuda sobre ansiedad. Quizá este mal que asola a la generación ‘millennial’ no sea exactamente lo mismo que el cansancio, pero se le parece mucho como anulador de la voluntad. Lo que está claro es que cada vez más necesitamos respuestas a esa fatiga que entendemos de origen físico y mental y que tan solo lo es en parte. Quizá sea, sobre todo, moral. Hace no tanto, la gente podía contentarse con ser. Ahora debemos ser nosotros mismos y de forma muy intensa, grandes “yo” que vender en redes sociales, siempre dispuestos a desarrollar una nueva actualización.


Buscamos la respuesta a por qué nuestros abuelos podían trabajar de sol a sol y estar tan panchos y a nosotros nos duele el cuerpo al despertarnos


Así, nos lanzamos a buscar. Y descubrimos que si cambiamos nuestra alimentación y tomamos menos azúcar y carbohidratos, nos sentiremos mejor. Pero aun así seguimos cansados, y pensamos que si dejamos el alcohol y nos apuntamos al gimnasio nos encontraremos mejor. Pero eso sigue siendo insatisfactorio, así que subimos una foto a Internet para recibir un empujoncito de autoestima. Nos sirve durante un rato, pero al final, descubrimos que nos hemos vuelto a cansar, esta vez de entrar en la aplicación una y otra vez para comprobar si tenemos más ‘likes’. Así que nos compramos un libro, nos apuntamos a un curso y seguimos camino en busca de la piedra filosofal que nos dé, por fin, la respuesta a por qué tu abuela se pasaba el día cuidando de cinco hijos y estaba tan pancha y a ti te duelen los huesos antes de salir de casa.

Ante este problema, se está generando una interesante reacción. El otro día, un artículo publicado en ‘Mel Magazine‘ utilizaba el nuevo tatuaje del cantante Post Malone –las palabras ‘siempre cansado’ debajo de las bolsas de sus ojos– como excusa para realizar una lectura sobre la nueva cultura del cansancio, que se traduce en la continua queja irónica en las redes sociales. Ya saben, el clásico ‘haber si me muero’ (sic). Como recuerda el autor, es un reflejo de “una certeza de que nunca podemos alcanzar una versión equilibrada de nosotros mismos”. Frente a la maratón infinita por alcanzar esa versión sana, bien alimentada, relajada y feliz, esta visión sarcástica reconoce que es una conquista imposible. Y que, por lo menos, siempre nos podemos quejar juntos. Desde luego, una visión más estoicamente sana.

Lo hacemos al lado de la máquina del café, lo hacemos cuando coincidimos con un compañero en el ascensor, lo hacemos cuando no tenemos nada mejor de lo que hablar: el “puf, qué coñazo” ha sustituido al “qué mal día hace, ¿verdad?”. La fatiga perpetua y la meteorología tienen en común esa supuesta inevitabilidad, pero siempre sirven para tener algo de lo que hablar y que, de esa forma, deje de ser una tragedia y pase a ser un problema coyuntural. Es la mejor venganza contra la industria del bienestar y del capitalismo afectivo: en lugar de machacarnos persiguiendo falsas promesas, buscar el placer en permitirnos estar inactivos, aburridos. Quizá nuestros abuelos sí estaban cansados, pero no eran tan conscientes de ello. O quizá no tenían que descansar de ser ellos mismos, lo más fatigoso que existe en esta vida.

LLEGAR A ENFERMAR A CAUSA DEL ORGULLO

Es habitual confundir orgullo, egoísmo y soberbia con autoestima. Sentirse superior a los demás, más listo, más capaz, más comprometido, con más recursos, con más dominio sobre un mundo que en el fondo tiende a ser incontrolable. El orgullo magnifica los éxitos y los atribuye a las propias fortalezas. Asimismo, el orgullo reniega de los fracasos y los achaca a factores externos a la propia persona como la mala suerte o la ineficacia de otros. Es la soberbia de considerarse único padre de las victorias y víctima cruel de las derrotas. De dicha soberbia surge la arrogancia, la testarudez y el exceso de control.

Cuando las derrotas se hacen demasiado numerosas o duran demasiado en el tiempo, cuando una mala racha o un problema no resuelto se tornan en algo crónico, la falta de autoestima queda al descubierto y el orgulloso se queda atrapado en su propia trampa. El orgulloso esconde el problema, intenta amordazarlo, quiere dominarlo, repite constantemente aquellos patrones que le dieron éxito en el pasado porque quien tiene un martillo sólo ve clavos. Y el problema se cronifica, muchas veces no porque sea difícil sino porque la solución no está donde el orgullo quiere. El remedio de la arrogancia y de la testarudez es el veneno que intoxica el cuerpo, tanto más que el problema o el fracaso.

Pero el orgullo suele preceder a la caída y habitualmente dicha caída se muestra en forma de enfermedad, de síntoma físico que brota de una baja autoestima no reconocida. Síntomas como ansiedad, tensión, mareos, migrañas, angustia o depresión que desestabilizan al orgulloso y le descolocan. En un principio, les busca un origen meramente físico e inicia los análisis médicos pertinentes para buscar una explicación lógica a lo que le ocurre. Las pruebas son negativas, afortunadamente, y el tratamiento médico se revela útil puntualmente para el síntoma pero no es capaz de resolver la causa real de la enfermedad. El enfermo queda descolocado, pierde el control de lo que le ocurre y se asusta mucho. Puede ser la primera vez en su vida que no pueda escaparse del miedo. Porque la causa no está en el mal funcionamiento de un órgano, sino en la baja autoestima. La enfermedad deja “al emperador desnudo”, manifiesta que en el fondo no se quiere tanto como creía y que no acepta la causa real y la solución a su problema porque da más valor a otras cosas que a su propio bienestar. No busca un remedio que le haga recuperar su salud, busca volver a recuperar el control creyendo que así recuperará su salud.

Sócrates decía que nos abstuviésemos de ayudar a aquel que dice buscar la salud pero no está dispuesto a evitar en el futuro las causas que le hicieron enfermar. Ante problemas laborales, académicos o sentimentales que generan emociones tóxicas y que a todos nos hacen enfermar si se convierten en un conflicto crónico y no lo solucionamos adecuadamente, hemos de apoyarnos en nuestra autoestima. Trabajando sobre la autoestima, valorando estar bien por encima de la opinión de los demás, evitando seguir un plan a rajatabla sin aceptar las señales que indican que algo va mal, sin confundir control y dominio con seguridad y confianza, es cuando el orgulloso superará su enfermedad y el amor hacia uno mismo sustituirá a la soberbia y a la testarudez. El orgulloso construyó su bienestar sobre los resultados y cuando éstos se tornaron en problemas enfermó. La autoestima construye su salud sobre la responsabilidad hacia sí mismo, ningún éxito es más importante que cuidarse.